El
trabajo de la tierra, el cuidado del ganado y la lucha
con la mar en busca de alimento históricamente han
sido tareas consustanciales al gallego. Si la cultura,
la antropología y cualquier otro aspecto de la Galicia
actual tienen la huella de estas labores, la economía
no podía ser menos. En 1996 todavía un 29% de la población
ocupada gallega trabajaba en el sector primario (agricultura,
ganadería y pesca), una cifra que quintuplica la media
comunitaria situada en el 5.3%. Aunque la tasa aún
sigue siendo muy alta ha sufrido en los últimos años
un acusadísimo descenso, pasando del 42% de 1981 al
29% actual. Esta reducción de la población ocupada
en el sector primario ha provocado un alto grado de
envejecimiento del campo gallego; en 1995 el 40% de
los agricultores gallegos superaban los 54 años.
Como
todos los sectores económicos, el agrario ha sufrido
importantes transformaciones tras la entrada de España
en la antigua Comunidad Económica Europea; el saldo
se puede estudiar atendiendo a estos dos datos: la
productividad del sector ha crecido un 47.3% y la
renta por trabajador agrario subió un 63.9% (dato
notablemente influido por la ya señelada reducción
de la población ocupada en este sector).
La
gran causa del bajo rendimiento económico que históricamente
ha tenido la agricultura en Galicia ha sido el minifundismo.
En 1980 la superficie media de la explotación agrícola
era de 3.5 hectáreas; desde entonces hasta ahora se
han apoyado, por parte de las instituciones públicas,
políticas de concentración parcelaria que en la actualidad
todavía no se han desarrollado plenamente pero que
ya han empezado a dar sus frutos positivos.
En
cuanto a los principales productos que ofrece la tierra
gallega hay que destacar, junto a los tradicionales
maíz y patata, que aún mantienen un importante peso
(sobre todo el segundo), otros con menor tradición
pero que en la actualidad son pilares básicos de la
agricultura gallega: el vino, las hortalizas y las
frutas. Estos cinco son los productos punteros de
la producción final agrícola que en el año 1994 alcanzó
un valor monetario de más de 67.870 millones de pesetas.
El
campo gallego sufrió en las dos últimas décadas y
aún sigue sufriendo un fuerte proceso de modernización.
A la importante mecanización que tuvo lugar a finales
de los años setenta y principios de los ochenta y
al proceso de concentración parcelaria ya nombrado,
hay que añadir las medidas que los agricultores gallegos
han tenido que tomar obligados por las normativas
comunitarias sobre agricultura, que han exigido la
menor plantación de algunos productos como la vid
o la patata. Todas estas dificultades, unidas al descenso
de la población rural, han provocado numerosos problemas
sociales en los últimos tiempos.