GALICIA
se asoma al mar en la esquina noroccidental de la
península ibérica. Sus raíces emergen de un subsuelo
de granito y pizarra, moldeado por los agentes naturales
hasta convertir la tierra gallega en una sucesión
de suaves colinas, de cumbres aplanadas, delimitada
por los puertos montañosos del este, y partida por
un sistema central que divide sus aguas entre el atlántico
y el río Miño.

Los
ríos, conforme pequeños capilares, riegan de vida
todo el territorio; su longitud es, si exceptuamos
el Miño, escasa, pero su caudal, debido a las frecuentes
lluvias, es muy apreciable. GALICIA disfruta de un
clima húmedo y suave; las lluvias se reparten durante
todo el año (125 días) y las temperaturas no bajan
de 5° bajo cero en invierno ni suben de 35° en verano;
es decir, un clima oceánico de inviernos suaves y
veranos frescos.
La
humedad definitoria del alma gallega cubre su suelo
de excelentes pastos, base de una importante ganadería
vacuna,y frondosos bosques, en donde los tradicionales
carvallos han cedido terreno en los últimos tiempos
a más rentables especies, como el pino o el eucalipto.
Un suelo verde y generoso que, trabajado por los gallegos,
les agasaja con productos de gran calidad como la
patata, el maíz, las hortalizas, los frutales o los
dionisíacos vinos. Bajo este verde manto se oculta
una enorme riqueza mineral de pizarras y granitos,
de hierro y cobre, de estaño y volframio.
Pero
GALICIA es, por encima de todo, tierra de marineros.
Los gallegos han vivido de cara al mar toda su historia,
en una relación de amor y de odio; la mar que, por
un lado, es despensa y, por otro, tumba de esforzados
pescadores. El litoral galaico es reflejo de esta
comunión de tierra y mar, presentando desde escarpados
acantilados hasta paradisiacas playas. Una comunión
que llega a su máxima expresión en las rías, más de
veinte lenguas de mar que invaden el suelo de esta
tierra. De la despensa del mar los gallegos sacamos,
entre otras suculentas especies, el marisco, manjar
digno de los dioses.